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¿Se imaginan la ampliación de una casa a medio construir? Ladrillos a la vista, pisos aún a medio terminar, partes aún solo de material suelto, piedras por todos lados, sacos de cemento, materiales de construcción, de noche, sin ningún tipo de iluminación… En un lugar así estaba la noche del domingo 26 de noviembre, amarrado de pies, piernas, atado de manos por la espalda, amordazado y apretado por una enorme caja de herramientas de al menos un metro de alto contra un muro. Sobre mí además pesaban sacos de cemento, palos, tejas y varios materiales de construcción. Si me movía me podía llegar un disparo; esto ocurrió en mi propia casa, en Santa Cruz.

Soy periodista, mi nombre es Mario Vilches, soy editor de este medio de comunicación, “Al Día 24”, por lo tanto, muchas veces –y no solo aquí, sino a lo largo de mi carrera en Santiago– me ha tocado estar del otro lado de los hechos, pero nunca ser el protagonista de una situación policial como la que contaré ahora, menos lo esperé vivir aquí en Santa Cruz, lo que leerán en estos párrafos no es más que mi crónica personal de la violencia e intimidación que se vive en esta pequeña ciudad, hechos que mucha gente no da a conocer y que he considerado importante contar –lo que a mí me ha pasado–, para que simplemente sepamos el lugar donde los santacruzanos estamos parados.

Todo comenzó el domingo a eso de las 22:45 horas, era mi cumpleaños número 36, no lo celebré, pero sí pasé a la casa de mi amigo y socio Julio Fernández, director de este medio de comunicación, con quien tuvimos una simpática charla y coordinamos algunos trabajos pendientes de la semana. Más tarde tomé mi auto y me fui conduciendo a casa, siendo exactamente las 23:50 estaba frente al portón que da acceso a los estacionamientos de mi domicilio, presioné el botón del control remoto para abrirlo y poder entrar… hasta ese momento estaba pasando piola mi día de cumpleaños, solo faltaban 10 minutos para acabar el día y ya estaría de guata en la cama… ¡Pero no! Estacioné el auto, con una mano tomé un pequeño bolso donde llevaba varias pertenencias, al interior mi billetera incluso, y en la otra mano las llaves y el celular. Cuando puse ambos pies bajo el auto se me abalanzan dos tipos, totalmente vestidos de negro, con pasamontañas, cada uno con una pistola y además uno de ellos con un fierro. Estaban ocultos detrás de un vehículo que se estaciona a un costado del mío.

A ver… ese momento me ha perseguido ya 34 horas, sí, han pasado 34 malditas horas desde que me encañonaron y estoy aquí escribiendo esta crónica, las horas seguirán pasando y seguiré recordando cuando bajé de mi auto, en mi propia casa, dos pistolas apuntaban a mi cabeza; Fueron segundos, quizás dos, tres, cuatro máximo, en que ya estaba en el suelo boca abajo desde que vi venir esas armas frente a mí. Lo veo en cámara lenta y no recuerdo absolutamente nada de lo que decían en el instante mismo que vi venir esos cañones a mis ojos. Luego de esos breves segundos mi cabeza entendió que nada de aquello era una broma, seguía impávido y tomé una decisión, pensé “quiero salir vivo de esta, callaré y se las haré fácil para que se vayan pronto”.

“¡Amárralo!” Estaba inmovilizado, boca abajo, uno me estaba amarrando las manos por la espalda, y por la cresta que apretó, el otro me hizo abrir la boca para que mordiera un trapo y me amordazaron. “Quédate callao que adentro ya tenemos a toda tu familia amarrá ya…” Me dijeron eso, empezaron a intimidarme, poniéndose cada vez más agresivos, me imaginé a toda mi familia tal cual, amarrada, angustiada, estábamos a solo pasos del interior de la casa, pero donde me tenían a mí había muros que impedían cualquier visual hacia el interior, no podía ver nada hacia adentro.

Yo seguía en modo “sobrevivencia”, todo lo que me dijeron acerca del daño que le habían hecho a mi familia no hizo que se me moviera un pelo, yo tenía que salir vivo porque si era así iban a necesitar de mi ayuda, así que no movería un dedo y no diría una palabra. “¡Páralo!” Y entonces uno me agarró de atrás y me paró. “¡Regístralo, ve si tiene billetera!” Y el tipo me registró entero, y vaya la sorpresa que se llevó cuando se dio cuenta que no llevaba absolutamente nada encima, la pura ropa… “¡No tiene nada… no tiene billetera…!” Sonaba sorprendido, me volvía a revisar como si no pudiera entender que no anduviera con nada encima, si ni siquiera había salido con reloj; lo cierto es que mi billetera estaba en mi bolso de mano, que también se robaron.

Después que estaba amordazado, atado de manos por la espalda y registrado, me dijeron: “Camina…” Y me hicieron recorren unos diez metros hacia otro sector exterior de la casa, anexo a los estacionamientos donde se está ejecutando una construcción, en la etapa de obra gruesa. Obviamente iluminación nula, ellos tampoco andaban con linternas, así que al ingresar a esa construcción la visibilidad ya fue casi cero, pero ellos parecían conocer el camino y el interior.

El recorrido, si bien fue corto pudo haber dado para conjeturas fatídicas, ya que cuando dos tipos te van apuntando con dos pistolas, amarrado y amordazado hacia el interior de una construcción tú piensas “hasta aquí no más llegué… me van a pegar un tiro allá dentro y jamás van a descubrir a estas mierdas”.

Menos mal que no fue así, pero todo se puso color de hormiga; me tiraron al suelo, boca abajo otra vez, esta vez en una esquina, contra un muro. “¡Sácale las zapatillas y amárralo con los cordones hermano!” Sí, se trataban de “hermano”, eran chilenos, típico acento flaite nacional, inconfundible. Pero mis zapatillas no son de las que usan cordones, así que me las sacaron y le cortaron los tirantes, que de nada les sirvieron. Estando yo descalzo uno empezó a atarme de pies con unas cuerdas plásticas y telas, entonces ahí atiné a recordar lo que alguna vez vi en televisión en algún programa sobre cómo hay que poner los pies para liberarse cuando te están atando… y lo hice, la verdad no sé si era realmente así, pero pucha, lo intenté. Después tomaron una soga y me ataron las piernas a la altura de las rodillas.

En este proceso se empezaron a alterar más, quizás porque el tiempo corría, me recordaban que toda mi familia al interior ya estaba atada igual que yo. Ahí empecé a pensar fríamente, dudé por primera vez de lo que me decían, no tenía sentido lo que estaban haciendo entonces, tanto esfuerzo por inmovilizarme y cuánto debieron haber hecho en la casa para lo mismo, toda la gente y nadie vigilándolos para que no se escaparan… en fin, estaba terminando el día con un emocionante cumpleaños, más emocionante de lo que esperé jamás.

“¡Agarra eso… entre los dos hermano!” Una enorme caja de herramientas, de por lo menos un metro de alto y metro y medio de largo, la tomaron entre ambos, era bastante pesada y la usaron para presionarme contra la pared, para aplastarme lo más que pudieron contra el muro. “Las tejas, las tejas…” Uno le decía al otro que me echara tejas encima, así que empecé a ser cubierto por tejas, madera, sacos de cemento, tarros y todo lo que encontraron por ahí. Bien aplastado y amarrado. En ese punto supe que iba a salir vivo, minutos antes cuando me hicieron caminar al lugar estaba en blanco, quizás pude haber recibo un tiro, pero llegado a este punto si seguía en “modo sobrevivencia” iba a salir caminando de ahí… o bueno, arrastrándome, pero vivo y en buen estado.

“¡No te movai!” Por la cresta, cuando uno respira tu tórax se mueve, se infla un poco, eso hacía sonar las tejas y palos que tenía encima, ellos escuchaban esos micro movimientos y pensaban que me estaba moviendo por voluntad, lo que en absoluto era así, así que tuve que bajar lo más posible el consumo de aire, hacer consciente mis movimientos de inhalación y exhalación al mínimo.

“¿Cómo abrimos el portón?” Este fue el primer momento en todo este episodio de violencia en que hablé, entre lo poco que se entendió por la mordaza que tenía les dije qué botón apretar del llavero. Después de un minuto me volvió a preguntar uno de ellos, parece que no encontraba el famoso botón del llavero, así que repetí las mismas palabras anteriores con exactitud, sin más, sin menos, solo lo que querían saber; jamás escucharon nada más de mí, prácticamente no conocieron mi voz.

Cuando me di cuenta que se iban a llevar mi auto ya menos creía la hipótesis de que mi familia estuviera al interior en mis mismas condiciones, pero claro, no podía estar seguro, aunque si no me mataron a mí, difícil que hubiesen matado a alguien más, además, mi auto no era el mejor botín de cuatro ruedas que podían llevarse, menos probable entonces que hubiesen llegado al seno de la casa con toda mi familia encañonada y amarrada. Y se fueron, escuché que el auto salió.

¿Me movía o no me movía? ¿Cuánto tiempo esperar desde que estos tipos se van para reaccionar? ¿Y si se había quedado uno por ahí y al escucharme me pegaba un balazo? Ese es el momento de riesgo que debes tomar, y lo tomé, esperé quizás un minuto en absoluto silencio, no se oía nada, así procedí a moverme, corrí con el peso de mi cuerpo y mis rodillas la caja de herramientas para darme espacio, así los sacos y materiales que tenía encima solo fueron cayendo hacia el costado; y empecé a tratar de liberarme de los pies, era la jugada que había pensado, ¡lo logré! Tenía mis pies libres, y con el movimiento la soga que apretaba mis piernas empezó a bajar. Moviendo mi cabeza y con los hombros logré librarme de la mordaza, pero seguía en el suelo y con las manos atadas a la espalda.

Los desafío, ¡tírense al suelo con las manos tomadas por la espalda y traten de pararse sin usar manos ni brazos! ¡Es imposible! Necesitas tus brazos y tus manos para poder apoyarte y lograr ponerte de pie, sino pareces un pescado fuera del agua; Así que arrastrándome y usando los codos en mi espalda como apoyo –después de muchos intentos– logré ponerme de pie. Con las manos amarradas atrás empecé a tirar y a tirar y la tela que unía ambas manos cedió, pero ambas muñecas seguían bien firmes y apretadas, así haciendo un movimiento simple al agacharme pasé mis manos hacia adelante. Atado de manos y descalzo entré a la casa.

¡Estaban todos bien! Yo estaba vivo y mi familia ni se enteró de esta situación hasta ese momento. Tuve la mente fría cuando jamás en la vida pensé que fuera a ser así. Una chica con la que hablaba de esta experiencia me decía anoche algo así como: “Mario Andrés de verdad qué bueno que reaccionaste así e hiciste todo eso, porque la verdad, pero no te enojes, a veces te pones harto huéon…” Ella es una de las mujeres que más me conoce, así que tiene autoridad para decírmelo.

Mi hermano dio aviso telefónico a Carabineros inmediatamente y no demoraron más de un par de minutos en llegar a mi domicilio, fue un funcionario policial el que finalmente con un pequeño cuchillo me libró de mis ataduras en las manos. Me robaron el auto, el teléfono, plata… en fin, da lo mismo, estaba vivo, lo tremendo fue el nivel de violencia con la que actuaron, armados, preparados, vestidos totalmente de negro, pasamontañas… No voy a ponerme aquí a escribir acerca de las hipótesis policiales del caso, ya que hay una investigación en curso.

Mis compañeros de este medio de comunicación Julio Fernández y Felipe Farías a los pocos minutos llegaron a verme, también nuestro colega y amigo Miguel González Muñoz. Uno de los nuestros ahora era el protagonista de la noticia, yo.  Mi primera reacción fue quedarme piola, le iba a decir a Miguel que no publicara nada en su medio HDN y nosotros acá tampoco decidimos publicar nada aquella noche, porque el afectado era uno de los nuestros, miembro del equipo y toda nota sería muy poco distante para “Al Día 24”, pero luego me dio rabia, sentí mucha, mucha rabia, porque esto me pasó acá en Santa Cruz después de tantos años en Santiago sin pasarme ni un hurto simple, ¡qué rabia que pase en esta ciudad que creíamos segura! Así que le pedí a Miguel dar mi testimonio para su Fanpage de noticias HDN y ahora hago lo propio en primera persona para “Al Día 24”. ¿Y por qué lo hago? No solo por rabia, sino porque creo que es importante que sepamos lo que está pasando frente a nuestras narices y me atrevo a contarlo.